Leo a muchos eruditos y estudiosos de la sociedad y todos coinciden en que poco a poco terminamos con todo lo que existe. Que es el sino del hombre. Que nuestro instinto es así. Porque apenas cuidamos lo mucho que hemos legado de generaciones anteriores y que perdura con su verdad de siempre, con su paciencia inmune. Y me extraña y me asombra que nos amen el perro y el gato y todavía nos se gastan revelado contra nosotros. Me sorprende que el cielo no se haya desplomado o que la mar permita que profanemos más sus dominios con molinos de viento.
Nos ha tocado vivir un tiempo de una tremenda y gris desconfianza. Una época en declive, como un torrente oscuro, con gran sabor a sombra y a quebranto. Con malicia abundante, poca salubridad, mucha indolencia y una continua lluvia de amenazas. Y no tengo otro modo de embellecer el mundo más que con el intento de escribir lo que ocurre, de acusar los errores y las expoliaciones, por ver si algo mejora, por saber si algo sana. Que no va a ocurrir, lo sé, pero me siento en paz conmigo mismo.
Es imposible porque es empresa ímproba querer cambiarle al rico su riqueza por pan o privar del dominio a tantos gobernantes o sembrar honradez en tierras tan viciadas. Es tarea imposible vaciar los ventrículos del corazón llenos de tantos insaciables, e injertarles franqueza donde desemboca la vena aorta o pedirles que corten sus corrompidas garras. Me desconcierta el hombre, a veces, con sus poses. Porque dicen que somos los únicos animales racionales, pero en realidad somos un péndulo entre miseria y egoísmo.
Y es que así transcurre nuestra vida en un endiablado círculo vicioso que se repite constantemente, como si fuésemos Hámster en una urna metidos. Es simplemente la maldición de Sísifo en estado enquistado: ofrecer ideas y pensamientos que caen en saco roto. Así como el empujaba la pesada piedra de la existencia por la empinada cuesta de la vida para verla rodar, ladera abajo, cada vez que llegaba casi al final. Y vuelta a empezar.








