El
reloj acababa de dar las cuatro en reloj de la Iglesia de la Piedad cuando
Ramón Mercader decidió levantarse de la cama. Podía permanecer en ella dos
horas más si quisiera, pero ya no le apetecía. Había estado toda la noche en
duermevela, aunque esa situación, lejos de ser atípica, le era familiar. Había
pasado infinidad de noches así, y sabía que lo peor era que serían muchas
más.Se levantó furtivamente, lentamente, intentando no interrumpir el sueño de su mujer, pero no lo consiguió.
-¿Te vas ya Ramón? preguntó cariñosamente.
-Sí, la cama ya me pica Aurora, respondió Ramón con voz ronca y seca.
Ramón se desperezó ya sin el cuidado de despertar a su mujer y abriendo el grifo del lavabo se aseó ruidosamente.
-¿Vendrás antes del mediodía? Volvió a preguntar Aurora.
-Tu sabes bien cariño que eso no está en mi mano; Sentencio Ramón mientras se quitaba con la toalla los restos de jabón que le habían quedado en la cara. Tocándose el mentón y dudando un instante decidió que no se afeitaría, que llegaba el frío y dejarse la barba le abrigaría algo la cara.
Se vistió lentamente y una vez hubo finalizado de acicalarse se dispuso a abandonar la casa.
-No hagas ruido cariño al salir, no vayas a despertar a las niñas; Rogó Aurora mientras veía a su marido desaparecer por la oscuridad del pasillo. Ramón se disponía a abrir la puerta de casa para marcharse cuando de repente giro sobre sí mismo y desechando la idea de abrir la puerta, se dirigió al dormitorio de sus hijas. Abrió la puerta suavemente, se acercó a la cama de su hija mayor e inclinando el cuerpo le dio un suave beso en la mejilla, hizo lo mismo con su hija menor y ya definitivamente se dispuso a abandonar la casa.
En la calle hacia un gélido frío de otoño que unido a la hora tan temprana hizo por un momento estremecerse a Ramón. El ruido de sus pisadas iban acompañadas con el crujir de las hojas secas al ser aprisionadas por sus zapatos, produciendo un sonido desagradable en sus oídos.
-Espero que esta sea la última vez que tengo que hacerlo; Mascullo entre dientes mientras se subía las solapas marrones oscuras del gabán de ante, elaboradas con piel de borrego negro. Recordó el día que se lo regalaron sus hijas por su cumpleaños.
-Tener que matar para poder vivir, que incongruencia por Dios; Volvió a mascullar para sí mismo. ¿Quién sería su víctima?, ¿Hombre o quizás mujer?, en su momento lo sabría. ¿Con que ojos miraría a la familia del finado o la finada si se los cruzaba por las calles de la ciudad? Cosa nada difícil, pues Barcelona aunque siendo una urbe en plena expansión también era un pañuelo.
Cada vez que tenía que cometer ese acto tan aberrante de matar, las mismas preguntas le invadían ya desde días previos, por eso sus inquietudes y duermevelas. Sin apenas darse cuenta y fruto de ir por la calle inmerso en sus pensamientos se plantó en la puerta del bar de Luis, decidiendo entrar y tomar un aguardiente para mitigar el frío. El frío era una sensación corporal en la que el aguardiente servía como efecto placebo. Pero el en su interior sabía que lo tomaba para acumular valor para llevar a cabo su labor.
-Buenos días Ramón, ¿Qué va a ser? Preguntó Luis mientras pasaba una mugrienta gamuza por el más que ya ajado mostrador del bar.
-Un orujo, un orujo seco; Repitió intuitivamente.
Luis sirvió la copa de orujo a la vez que miraba fijamente a Ramón, parecía como si quisiera desnudarle el alma a la persona a la cual le servía el licor.
-¿Qué? ¿Tengo monos en la cara o qué? Dijo Ramón con tono de acritud y reproche.
-No hombre, por Dios. Solo que me extraña verte tan pronto por aquí, solo eso; Contesto Luis manteniendo la misma mirada que al principio.¿Sabría Luis algo? Se preguntó mentalmente a la vez que un escalofrío recorrió su cuerpo. Solo le faltaba que el barrio supiera de sus quehaceres y manejos.
Bebió ávidamente la copa y decidió tomar otra, necesitaba doble ración de valor, siempre la necesitaba. Sentía las manos engarrotadas, como entumecidas, pero esa sensación no le asustaba. Cuando tenía que hacer lo que no deseaba siempre le ocurría, y había sido tantas veces… Pagó con dos monedas de a duro lo consumido, dando un golpe seco con ellas en la barra, quería irse, necesitaba salir ya de ese lugar. Se despidió con un casi inaudible adiós que no fue correspondido por nadie, cada uno estaba inmerso en sus caunadas y ni siquiera se percataron de su salida. Esquivó hábilmente dos grandes charcos producidos por el riego de la calle y se dispuso a llevar a cabo su trabajo.
Por la Diagonal se mezclaban madrugadores y trasnochadores, y todavía en algún portal que otro se veían prostitutas estratégicamente puestas en espera de un amor temporal abonado debidamente. La visión de las prostitutas contoneando sus cuerpos le trajo a la mente a sus dos hijas plácidamente acostadas.
-Ojala ellas no sean así nunca, nunca; Se repitió Ramón mentalmente una y otra vez.
-¿Qué sensación tendrían sus familias si las vieran así? Ramón no quería, no deseaba ponerse en el pellejo de esos padres al saber que sus hijas vendían su cuerpo, ya fuese por necesidad o por vicio por tres cochinos duros. Ese era el precio por aguantar a borrachos, por tragar las babas ajenas.
Volvió a recordar a sus dos hijas, dormidas, ajenas a toda esta vida nocturna.
-¿Cómo les sentaría a sus hijas cuando supieran la verdad de su padre? ¿Les condicionaría la vida? Todo eran dudas.
Él había intentado por todos los medios dejar de matar, por activa y por pasiva, pero no le dejaban, la sociedad no le dejaba. El entumecimiento de las manos se convirtió en temblores, para él, era síntoma inequívoco de que se acercaba al lugar y llegaba la maldita hora de los acontecimientos. Y como tantas veces le había ocurrido, de repente se le secó la boca, necesitaba otra copa de orujo, necesitaba meter más fingido valor a su cuerpo.
No podía tomarse la copa cerca de donde iba a actuar, podía haber gente indiscreta o conocida y con el tiempo darle problemas.
Sacando lentamente su reloj de saboneta del bolsillo y mirando la hora vio que todavía era temprano, giró sus pasos buscando un bar alejado de allí. Se alejó dos manzanas y girando una esquina encontró uno abierto, un local frecuentado a esas horas por taxistas y trabajadores que salían del turno de noche de la zona franca. El lugar estaba semivacío, era final de mes y se notaba en la economía en las personas. Pidió un orujo de hierbas y encendió un enorme veguero, siempre que tenía que matar se fumaba uno por rutina, él no era fumador, pero al igual que el alcohol, en la nicotina encontraba un tranquilizante.
El local estaba en silencio, la gente oía con manifiesto interés una noticia de alcance. Los GRAPO habían atentado contra un alto cargo del gobierno y su escolta, con el resultado de muerte para los dos.
-¿Y me llamo a mí mismo asesino? Se repitió mentalmente Ramón mientras oía las opiniones de los parroquianos.
-Pobre escolta; Repetían unos, a ese sin comerlo ni beberlo le han dado boleto, a saber cómo estará ahora la familia.
-Eso, pobre familia; Repitió Ramón en tono triste. Ramón en cierta forma, era como esos terroristas, cercenaba la vida de una persona sin importarle lo más mínimo sus familias.
Miro con cierto recelo y temor su reloj y viendo que se le hacía tarde, pagó su consumición y sin despedirse de nadie salió del local, había llegado la hora.
El giro brusco y seco de muñeca, hizo sonar como un quejido las cervicales de su víctima al ser partidas, con una leve inclinación de la cabeza del finado, Ramón dio finalizado su trabajo. Con un más que fingido aire ceremonial, el médico subió al patíbulo y auscultando al penado certifico su muerte. Golpeó con una suave palmada la espalda de Ramón agradeciendo la eficiencia en su labor. Este, lejos de esbozar una sonrisa bajó lentamente del cadalso para dirigirse a pagaduría y cobrar el emolumento por su trabajo. En mitad del patio se cruzó con un guardia que había visto en varias ejecuciones e instintivamente le preguntó:
-¿Qué acto cometió ese infeliz? Señalando con el dedo el cadalso.
-Puso una bomba en una casa cuartel de la guardia civil, a dios gracias que era hora de colegio y no había ningún niño dentro.
Ramón esbozo una leve sonrisa, lejos de ser fingida, era real, era sentida de verdad y masculló:
-Pobres familias. Por una vez en la vida Ramón olvido a la familia del ajusticiado y recordó a las familias de los guardias civiles, se puso lentamente su gabán de ante, recogió su peculio y se dispuso a marchar a casa. Quería llegar antes que sus hijas despertaran. Y se alegró, porque por primera vez en la vida se sentía ser alguien, aunque para la sociedad no fuese nadie, solo un verdugo.

















