Yo intento ocultar entre las palabras que escribo los temores que me menguan y me acortan mis propósitos y credos. Los recelos que nublan el esplendor y plenitud de vida que siempre he anhelado. Los sinsabores y miedos que han modelado a golpe de experiencia y vida corrida mi carne, mi cuando y mis porqués. Siempre he intentado eludir mi miedo a las despedidas y al dolor insalvable e inquebrantable, a las forzosas pérdidas. Intento evitar escribir sobre el miedo a los contratiempos que nos cambiaron a ti y a mi de rumbo o nos desbarajustaron la manera de ser. Intento y no lo consigo guardar en el sueño de los justos las decepcionantes circunstancias que nos hurtaron coraje y optimismo. Rehuyo a describir el miedo a lo que es humano como fuimos nosotros, quebradizos, pequeños, incapaces de asir para siempre un después.
Las palabras me sirven, sin embargo, como un placebo para romper barreras y escapar de mí mismo. Para enterrar en ellas enseres y derrotas, épocas ya inservibles, armas que hoy son herrumbre, tesoros que descuidé. Ese placebo me dota de otra esencia y de otra libertad. Y comprendo mejor las grietas por donde entró la herrumbre en nuestro mundo, en nuestra isla imaginaria. Entre folios y cuartillas me auto consuelo diciéndome a mí mismo que lo intenté y no pude. Y se extienden en mi córtex cerebral puentes de deseos ajenos, puentes hechos de mis vacíos inmensos, donde en las traviesas de ese puente cuelgo cariño al llanto, llevo enseres al hambre, acerco agua a la sed.
Intento preservar y salvaguardar en lo que escribo cuanto sé que es tuyo, sueños y proyectos de vida que nunca jamás compartiré: aniversarios, risas, horas incandescentes, caricias, sueños, astros que un día nos reconocieron, noches insospechadas, caminos que descubrimos, flores que fuimos incapaces de arrancar. Escribir como una radiografía perfecta la alegría de tus ojos, mis manos hacia ti. Y entre párrafo y párrafo te traduzco a mi modo y manera, te nombro como quiero sentirte y elevarte, como la luz de un verso, como montaña inexpugnable. En esas palabras estarás mientras alguien las lea y susurre sus sílabas.
En las palabras viven todas mis rosas asesinadas por mi propia mano. Pero las palabras son dueñas del tiempo. Acudo a ellas y aspiro episodios radiantes, pretéritos de mañana y futuro del ayer. Rescato las respuestas que fueron negadas, desclavo mis penas, recuerdo la piel. Inflamo las cenizas que quedaron pero carbonizo lo infame. En mis palabras caben certezas como rocas, convicciones perpetuas. Las palabras son oro para mi. Su irradiación me amplía. Las escribo y descanso y no me importa morir. Definitivamente dichas. Definitivamente expuestas. Yo intento ocultar entre las palabras que escribo los temores que me menguan y me acortan mis propósitos y credos. Los recelos que nublan el esplendor y plenitud de vida que siempre he anhelado. Los sinsabores y miedos que han modelado a golpe de experiencia y vida corrida mi carne, mi cuando y mis porqués. Siempre he intentado eludir mi miedo a las despedidas y al dolor insalvable e inquebrantable, a las forzosas pérdidas. Intento evitar escribir sobre el miedo a los contratiempos que nos cambiaron a ti y a mi de rumbo o nos desbarajustaron la manera de ser. Intento y no lo consigo guardar en el sueño de los justos las decepcionantes circunstancias que nos hurtaron coraje y optimismo. Rehuyo a describir el miedo a lo que es humano como fuimos nosotros, quebradizos, pequeños, incapaces de asir para siempre un después.
Las palabras me sirven, sin embargo, como un placebo para romper barreras y escapar de mí mismo. Para enterrar en ellas enseres y derrotas, épocas ya inservibles, armas que hoy son herrumbre, tesoros que descuidé. Ese placebo me dota de otra esencia y de otra libertad. Y comprendo mejor las grietas por donde entró la herrumbre en nuestro mundo, en nuestra isla imaginaria. Entre folios y cuartillas me auto consuelo diciéndome a mí mismo que lo intenté y no pude. Y se extienden en mi córtex cerebral puentes de deseos ajenos, puentes hechos de mis vacíos inmensos, donde en las traviesas de ese puente cuelgo cariño al llanto, llevo enseres al hambre, acerco agua a la sed.
Intento preservar y salvaguardar en lo que escribo cuanto sé que es tuyo, sueños y proyectos de vida que nunca jamás compartiré: aniversarios, risas, horas incandescentes, caricias, sueños, astros que un día nos reconocieron, noches insospechadas, caminos que descubrimos, flores que fuimos incapaces de arrancar. Escribir como una radiografía perfecta la alegría de tus ojos, mis manos hacia ti. Y entre párrafo y párrafo te traduzco a mi modo y manera, te nombro como quiero sentirte y elevarte, como la luz de un verso, como montaña inexpugnable. En esas palabras estarás mientras alguien las lea y susurre sus sílabas.
En las palabras viven todas mis rosas asesinadas por mi propia mano. Pero las palabras son dueñas del tiempo. Acudo a ellas y aspiro episodios radiantes, pretéritos de mañana y futuro del ayer. Rescato las respuestas que fueron negadas, desclavo mis penas, recuerdo la piel. Inflamo las cenizas que quedaron pero carbonizo lo infame. En mis palabras caben certezas como rocas, convicciones perpetuas. Las palabras son oro para mi. Su irradiación me amplía. Las escribo y descanso y no me importa morir. Definitivamente dichas. Definitivamente expuestas.