martes, 30 de abril de 2024

LA SEÑORA BENZ.

A la señora Benz le gustan mucho las flores. Tiene un ordenado, impoluto e inmaculado jardín. Los hijos de esta mujer a la que repito que le gustan mucho las flores son guapos y rubios y se bañan con otros amiguitos también guapos y rubitos en una especie de alberca del jardín. En todo el páramo luce el sol en mitad de un cielo azul con algunas nubes blancas y algodonosas. Una tarde feliz en familia y en compañía de amigos.

La casa es grande y limpia y el jardín está impecable. Un jardín muy bien cuidado. La casa grande la limpian unas chicas muy silenciosas que siempre van con la cabeza baja mirando al suelo. La comida de la familia feliz la preparan las mismas silenciosas chicas que siempre miran al suelo.

Los setos del jardín inmaculado los podan unos jardineros muy silenciosos que tampoco levantan los ojos del suelo. También cuidan los jazmines y las rosas y los claveles estos jardineros silenciosos para que así la  mujer los pueda contemplar, oler y disfrutar. los jardineros todos los días limpian unas cenizas que caídas del cielo impregnan los floridos parterres del jardín.

Hay un muro que separa el jardín de la casa de la familia feliz de otra construcción. De un edificio y de una torreta que se pueden ver de fondo. El muro separa la casa de la familia feliz del campo de exterminio de Auschwitz.Por las noches sale humo de las chimeneas del campo más allá del muro y el río que pasa justo al lado se llena de ceniza. y otra parte de las cenizas caen al jardín de la señor Benz.

La esposa del Comandante de campo es feliz en su casa grande y limpia con su inmaculado jardín. Los hijos del Comandante de campo pasan las tardes retozando en la alberca. Por la noches se oyen trenes que llegan en medio de la oscuridad.   Es la zona de interés. Es el mal y su banalidad. Es la inevitable naturaleza humana.

 En este actual mundo virtual de falsas apariencias, vidas con filtros de ensueño y escaparates atestados por doquier de estúpida e impostada felicidad en tonos pastel, me atrevería a decir que cualidades como la sencillez y la humildad son revolucionarias. Y profundamente contraculturales. Por saber apreciar lo que vale la pena. Hay gente, por no decir la mayoría que, aunque viviesen 200 años, nunca llegaría a este estado de elevada consciencia, véase los israelitas contra los Palestinos.

MIS PADRE Y MI MADRE.


Muy queridos y añorados padres míos: Desde que cruzasteis el azul aquí en lo terrenal no ha cambiado nada, más que la luz del mar, la noche, el clima, el cielo o el mes o la semana, los días caen aplomo de las hojas del calendario. Está todo un poco peor que cuando os marchasteis, parece que vivimos a despuntes del tiempo, como piojos en costuras esperando una racion de zz que nos borre del mapa; por mucho que nos digan por activa y pasiva que vamos hacia arriba, levantando cabeza, subiendo en estadísticas del bienestar, superando barreras día tras dia. Es todo una patraña. Es todo una mentira disfrazada de azúcar como cuando de niños nos complacian y arrullaban con un cuento de hadas. Es una argucia muy bien tejida y cosida, todo.  Nadie está satisfecho ni de su día a día ni de su porvenir ni de cuanto le timan con impuestos, recibos, promesas incumplidas y otras metáforas. Nadie encuentra salida a los muchos problemas que invaden cada hogar ni a las muchas angustias con las que dan de frente tan pronto se despiertan, nada más se levantan.

Padres; Aquí no ha cambiado nada. Siguen las calles llenas de indigentes que piden para pan, o una sopa. Y por cualquier esquina que dobles encuentras suplicantes que escriben su penuria en cartones o en un trozo de sábana. Siguen durmiendo cientos por no decir miles de personas en cajeros y en parques sin más abrigo encima que las estrellas y el rocío que baja a lavarles las legañas en las mañanas. Siguen los niños huérfanos apilados en centros y los que los desean en sus casas son impedidos por trámites y lucro y burocracias. Y sigue habiendo hambre, cuando afirman que somos más ricos cada año. Y sigue la miseria sigue pariendo y produciendo nuevos patronos. Y siguen los conflictos. Y siguen las matanzas.

No hay más que desazón en muchos corazones, desahucios y embargos, opresión y amargura, negativas y alarmas. No hay más que poderosos que se apropian del bien ajeno y limpio. No hay más que iniquidad por parte de los que, igual que hacen la ley, manipulan la trampa. Y despidos y quiebras, falaces reajustes, balances trastocados. Y cada vez más jóvenes se van a otros países a infravalorarse. Y cada vez más débiles recalan en las playas.

Padres; Aquí no cambió nada. Continúa el obrero escalando el andamio. Y los desatendidos persistiendo en su lucha. Y los abusadores engrosando su saca. Permanece el enfermo en su lista de espera. Y algunos inocentes en la celda que ocupan en nombre de los tantos que nos hunden y estafan. Es todo lo que existe, tal como lo dejasteis. Tan solo brota, ahora, prematuro, el almendro. Y las tardes ya empiezan a oler a primavera; y aunque llueva y la nieve persevere en las cumbres, son un poco más largas.

¡Qué felicidad aquélla de nuestra adolescencia dirigida por vosotros! Nos enseñasteis pasión por las cosas, credulidad, intrepidez, coraje. El mundo inédito, la vida intacta. Nos protegisteis para que crecíeramos ajenos al dolor y a las pérdidas. Al mal y al desengaño. Lejos quedaban todos los escollos. Lejos la cerrazón y el desaliento. Lejos también el aguijón del miedo y de la rabia. Caminábamos juntos, mirábamos al frente, siempre adelante.

Pero la vida es una puerta que debemos franquear. Una escena que hemos de encarnar con cordura y aplomo. Así como si ya supiéramos sus diálogos y sus alegorías. Así, de forma inexplicable, igual que respiramos desde siempre y a diario, sin que nadie nos haya dicho el porqué y el cómo. La vida se asemeja a una página en blanco, a un camino desierto, a un océano nuevo. Y es nuestra obligación desplegarlo y andarlo, navegar sus riberas, surcar su latitud, sondear en su fondo. Por tanto, padres míos solo nos queda seguir caminando . Sin cortapisa alguna. Caminar en firme y adelante. Para vivir mañana es tarde ya. Para vivir ahora jamás es pronto.

Queridos y añorados padres; nos ha tocado vivir un tiempo de una tremenda y gris desconfianza. Una época cuesta abajo y sin frenos, un tiempo con gran sabor a sombra y a quebranto. Con malicia abundante, mucha indolencia y una continua lluvia de amenazas. Y yo; y yo no tengo otro modo de intentar embellecer mi mundo más que con el intento de escribir lo que ocurre, de acusar los errores y las expoliaciones, por ver si algo cala entre la gente, por ver si algo mejora, por saber si algo sana. Pero es una labor esteril  querer cambiarle al rico su riqueza por pan o sembrar honradez en tierras tan viciadas. Es tarea imposible vaciar los corazones de tantos insaciables e inyectarles franqueza y empatia donde llevan la aorta.

Yo tenía fe, mucha fe. Pero nada es lo que esperábamos que fuera. Ese resquicio de fé es lo más hermosísimo que un alma puede ansiar, aquí, en la tierra. Por eso os pido padres mios bendecidnos siempre, protegednos a todos desde el eterno azul, sangre de nuestra sangre. ¡Qué expatriación se siente! ¡Qué desarraigo queda!

📷 Juan José Reyes.

lunes, 29 de abril de 2024

UNA ISLA IMAGINARIA.

Yo intento ocultar entre las palabras que escribo los temores que me menguan y me acortan mis propósitos y credos. Los recelos que nublan el esplendor y plenitud de vida que siempre he anhelado. Los sinsabores y miedos que han modelado a golpe de experiencia y vida corrida mi carne, mi cuando y mis porqués. Siempre he intentado eludir mi miedo a las despedidas y al dolor insalvable e inquebrantable, a las forzosas pérdidas. 

Intento evitar escribir sobre el miedo a los contratiempos que nos cambiaron a ti y a mi de rumbo o nos desbarajustaron la manera de ser. Intento  y no lo consigo guardar en el sueño de los justos las decepcionantes circunstancias que nos hurtaron coraje y optimismo. Rehuyo a describir el miedo a lo que es humano como fuimos nosotros, quebradizos, pequeños, incapaces de asir para siempre un después.

Las palabras me sirven, sin embargo, como un placebo para romper barreras y escapar de mí mismo. Para enterrar en ellas enseres y derrotas, épocas ya inservibles, armas que hoy son herrumbre, tesoros que descuidé. Ese placebo me dota de otra esencia y de otra libertad. Y comprendo mejor las grietas por donde entró la herrumbre en nuestro mundo, en nuestra isla imaginaria. Entre folios y cuartillas me auto consuelo diciéndome a mí mismo que lo intenté y no pude. Y se extienden en mi córtex cerebral puentes de deseos ajenos, puentes hechos de mis vacíos inmensos, donde en las traviesas de ese puente cuelgo cariño al llanto, llevo enseres al hambre, acerco agua a la sed.

Intento preservar y salvaguardar en lo que escribo cuanto sé que es tuyo, sueños y proyectos de vida que nunca jamás compartiré: aniversarios, risas, horas incandescentes, caricias, sueños, astros que un día nos reconocieron, noches insospechadas, caminos que descubrimos, flores que fuimos incapaces de arrancar. Escribir como una radiografía perfecta la alegría de tus ojos, mis manos hacia ti. Y entre párrafo y párrafo te traduzco a mi modo y manera, te nombro como quiero sentirte y elevarte, como la luz de un verso, como montaña inexpugnable. En esas palabras estarás mientras alguien las lea y susurre sus sílabas.

En las palabras viven todas mis rosas asesinadas por mi propia mano. Pero las palabras son dueñas del tiempo. Acudo a ellas y aspiro episodios radiantes, pretéritos de mañana y futuro del ayer. Rescato las respuestas que fueron negadas, desclavo mis penas, recuerdo la piel. Inflamo las cenizas que quedaron pero carbonizo lo infame. En mis palabras caben certezas como rocas, convicciones perpetuas. Las palabras son oro para mi. Su irradiación me amplía. Las escribo y descanso y no me importa morir. Definitivamente dichas. Definitivamente expuestas. Yo intento ocultar entre las palabras que escribo los temores que me menguan y me acortan mis propósitos y credos. Los recelos que nublan el esplendor y plenitud de vida que siempre he anhelado. Los sinsabores y miedos que han modelado a golpe de experiencia y vida corrida mi carne, mi cuando y mis porqués. Siempre he intentado eludir mi miedo a las despedidas y al dolor insalvable e inquebrantable, a las forzosas pérdidas. Intento evitar escribir sobre el miedo a los contratiempos que nos cambiaron a ti y a mi de rumbo o nos desbarajustaron la manera de ser. Intento  y no lo consigo guardar en el sueño de los justos las decepcionantes circunstancias que nos hurtaron coraje y optimismo. Rehuyo a describir el miedo a lo que es humano como fuimos nosotros, quebradizos, pequeños, incapaces de asir para siempre un después.

Las palabras me sirven, sin embargo, como un placebo para romper barreras y escapar de mí mismo. Para enterrar en ellas enseres y derrotas, épocas ya inservibles, armas que hoy son herrumbre, tesoros que descuidé. Ese placebo me dota de otra esencia y de otra libertad. Y comprendo mejor las grietas por donde entró la herrumbre en nuestro mundo, en nuestra isla imaginaria. Entre folios y cuartillas me auto consuelo diciéndome a mí mismo que lo intenté y no pude. Y se extienden en mi córtex cerebral puentes de deseos ajenos, puentes hechos de mis vacíos inmensos, donde en las traviesas de ese puente cuelgo cariño al llanto, llevo enseres al hambre, acerco agua a la sed.

Intento preservar y salvaguardar en lo que escribo cuanto sé que es tuyo, sueños y proyectos de vida que nunca jamás compartiré: aniversarios, risas, horas incandescentes, caricias, sueños, astros que un día nos reconocieron, noches insospechadas, caminos que descubrimos, flores que fuimos incapaces de arrancar. Escribir como una radiografía perfecta la alegría de tus ojos, mis manos hacia ti. Y entre párrafo y párrafo te traduzco a mi modo y manera, te nombro como quiero sentirte y elevarte, como la luz de un verso, como montaña inexpugnable. En esas palabras estarás mientras alguien las lea y susurre sus sílabas.

En las palabras viven todas mis rosas asesinadas por mi propia mano. Pero las palabras son dueñas del tiempo. Acudo a ellas y aspiro episodios radiantes, pretéritos de mañana y futuro del ayer. Rescato las respuestas que fueron negadas, desclavo mis penas, recuerdo la piel. Inflamo las cenizas que quedaron pero carbonizo lo infame. En mis palabras caben certezas como rocas, convicciones perpetuas. Las palabras son oro para mi. Su irradiación me amplía. Las escribo y descanso y no me importa morir. Definitivamente dichas. Definitivamente expuestas.

sábado, 13 de abril de 2024

MELANCOLIA.

Qué raudal de felicidad aquélla de nuestra adolescencia; Pasión, credulidad, intrepidez, coraje. El mundo inédito, la vida intacta. Crecíamos ajenos al dolor y a las pérdidas. Al mal y al desengaño. Qué Lejos de nosotros quedaban todos los escollos. Lejos de la desazón y el desaliento. Lejos también el aguijón del miedo y de la rabia. Caminábamos juntos todos en pandilla, mirábamos al frente, siempre adelante, amos de la salud y las conquistas. En el que no existía para nosotros más futuro que el presente ni más acto caduco que el de los insectos que clavábamos con crueles alfileres en cualquier tabla. Ni más aspiración que huir, a pie o en bicicleta, por senderos sombríos del norte de Motril.

Ayer viendo una foto de una amigo en un descampado del que fuese mi barrio y por ende mi casa un buen tercio de mi vida me hizo recordar: Cuando yo era chico, en las fiestas de  mi barrio, los vecinos olvidaban sus rencillas( la mayoría por cosas triviales... Osea, chuminadas) y se juntaban para colgar banderitas, guirnaldas y farolillos de parte a parte de la calle, creando un cielo multicolor que crepitaba a la acción del viento; y  pintaban y decoraban el pavimento y las aceras en un alarde de imaginación y creatividad colaborativa realmente entrañable. Eso era lo que más me gustaba de las fiestas.

Pues esta mañana, como atraídos por un esotérico sortilegio, los fantasmas que me habitan han venido para llevarme, de nuevo, por aquellas calles engalanadas de mi antiguo barrio. Por un momento han desaparecido el tiempo y el espacio. Por un momento, el tiempo y el espacio se han fundido en una visión nítida y poli cromática, en un sentimiento perenne, en una emoción sostenida. A un lado del camino estaban nuestras casas. Y el camino llevaba a todas partes. Cuesta abajo a la mar, cuesta arriba hacia el cerro gordo, a la derecha al conjuro e izquierda a Mirasierra. Todas las direcciones al lado del camino: una extensión de tierra aún sin asfalto, con baches y socavones y un poste de la luz, para avisos y esquelas, que servía, asimismo, de parada. Todas las distracciones en una carretera que nos entretenía las horas del domingo, contando forasteros que iban y venían, observando los coches inmensos y modernos: Seat 1500 y «Seiscientos», Simca 1.000; diciéndoles adiós o mirando tan sólo a ver si alguien pasaba. 

En medio de un camino que apenas transitaban más que la tarde lenta o los gatos, sin prisa, colocábamos límites con botes o con piedras o con trozos de tiza pintábamos las rayas, e invertíamos tardes enteras jugando al escondite o a indios y vaqueros, o a la gallina ciega, o al potro, o a la piola. Era un tiempo feliz, sin reloj ni pesares, en medio de un camino, donde tan pronto estábamos rescatando al contrario como lanzándole una pelota envenenada. Unos días tranquilos en los que amontonábamos las cazadoras y trencas en el suelo y nadie interrumpía nuestra expansión sencilla: una partida al gua, otra al roma, otra al pañuelo por detrás, otra a la queda, una competición de caracoles o un corro a la patata. 

A un lado del camino descubríamos nidos, cazábamos insectos o nos entusiasmaban las grandes telarañas. Allí, con casi nada, lo inventábamos todo: sobre cajas de fruta o con algún cartón, levantábamos tiendas y vendíamos colillas, cacharros, pimentón de ladrillo y teja machacados, herramientas ya viejas o verduras prestadas. Usábamos señales como diana certera de nuestros tirachinas, escribíamos nombres con cachos de escayola en las tapias, nos tirábamos flechas a los jerséis de lana.  En medio del camino pasamos media vida. Hacíamos carreras,  montábamos en bici, corríamos tras el aro hecho con una cubierta de moto, gastábamos los sábados desde por la mañana. Comíamos la merienda, construíamos cocheras en montones de arena, subíamos a los muros en que no había cristales, buscábamos regatos, desviábamos el agua. Cruzábamos los tubos de las alcantarillas, trepábamos a los almendros allá por la ermita de San Nicolás, sitio preferido de los suicidas, amasábamos barro o perdíamos el tiempo pescando de mentira, con un hilo amarrado en cualquier caña. En medio del camino, entera nuestra infancia.

Y al despertar, una vez mas... "Melancolía; esa nada que duele"

lunes, 8 de abril de 2024

LLAMADME CRÉDULO.

Llamadme crédulo; Pero por un tiempo pensé que con la entrada del siglo XXI algo se revolvería para bien en la sociedad y avanzar mas. Jamás creí por un instante que en el siglo veintiuno seguirían cayendo proyectiles y bombas en los pueblos más tristes y recónditos de la tierra, y todo ello a la voz y mando de un tirano que levanta su copa, invicto y orgulloso, rodeado de siervos, aduladores, prostitutas y oro. Ni imaginaba que continuarían los prejuicios y el miedo como antaño y estarían vigentes los mismos mandamientos y dogmas tóxicos, las mismas salvajadas. Que supondrían aún motivo de odio y tortura la ideología, el origen de la persona, la condición sexual o el color de piel.

Jamás pensé que el siglo XXI iba a ser esto: una propagación cual pandemia de la crueldad y el asco, del odio y la cizaña. Un atentado continuo e instante cual gota Malaya contra el hombre, una mentira tras otra mentira invasora, una latente y continua amenaza. Un orbe plagado de ambiciosos y de cacos de guante blanco, un mapamundi plagado de fronteras dibujadas como cicatrices sobre un cuerpo humano sajado, donde se entrona a los ejecutores y a los que aúllan de sed y de hambre, los persiguen y matan. Una fosa común donde vaciar las centenas de muertos por error y recreo. Un infierno legal llamado Europa, Yemen, Palestina, el mediterráneo y un largo etcétera.

Llevamos día tras día todo el tiempo envenenando al propio tiempo, adorando en los templos a deidades y nuncios que promueven conflictos y apadrinan con su agua bendita metralla al mejor postor. Llevamos mucha vida destrozando los ríos y asfixiando la esperanza, invadiendo lo ajeno, conquistando con sangre, humillando sin cautela y sin trabas. Muchas épocas reprimiendo la voz, cual sumiso rebaño, alimentando imperios y boatos, sometidos a escarnios y falsas esperanzas. Muchas, aterrados con quiebras y desastres, castigos y tributos. Llevamos mucha historia subvencionando rifles y palacios y esbirros y cañones y concilios y feudos y monarcas.

En tanto que el buen tiempo no acaba de llegar a Motril y en tanto que yo escribo estas líneas tan simples, el mundo un día si y el otro también pide auxilio desesperadamente. En su resquebrajada paz no entra  paz ni un rayo de luz. Y nada nos importa mientras no nos afecte. Y nos escabullimos como aturdidas bestias. Nadie asiste al grito de dolor de alguien mientras no le duela a el. Somos así los hombres, egoístas y necios. No sé por qué no quiero saber qué es lo que pasa. Ni sé por qué me escudo en el alejamiento. No entiendo por qué somos tan cómodos y sordos, tan indolentes algunas veces.

Nunca creí que el siglo veintiuno podría ser tan inmundo como fueron los otros. Que los seres, que aquí abajo habitamos, usáramos tan poco el corazón, tan poco el alma. No imaginé que todo nuestro empeño se centrara en triunfar, siempre y a cualquier precio, en acopiar riqueza, espacio, hegemonía -mortales como somos-, a base de lincharnos con hierro y a patadas. Ahora ya comprendo por qué no quedan quietas las olas ni las nubes; por qué anidan las aves, escamadas y solas, lejos de nuestros brazos; por qué intentan erguirse el árbol y sus ramas; por qué todas las rosas se revisten de espinas. Y por qué cualquier fiera, si nos presiente, escapa. Ahora intuyo la soledad de los parterres y jardines y el recelo de los animales. No estamos  aprendiendo nada.

viernes, 5 de abril de 2024

EL CLUB DE LECTURAS DE MI NUERA.

Mi nuera, pertenece a un Club de Lecturas. Me dice que, técnicamente, también es para hombres pero que… ni se atreven, los muy cobardes. Además, para qué nos vamos a engañar, mejor solas que mal acompañás, porque los tíos somos, desgraciadamente, de cromosoma retorcío, muy nuestros y unos coñazos gruñones. Como iba diciendo; se lo montan bien, se lo pasan bien, se nota que están a gusto y básicamente se entienden de maravilla. No me digáis que eso no es también una rareza de narices. Y leen. Y leen mucho. Y eso es cojonudo porque pocos refugios de ocio existen que se puedan equiparar a un libro. O a muchos libros.

Pero ahí no queda la cosa. De vez en cuando se montan merendolas estupendas. Algo así como un fiestorro gastronómico/ cultural y cachondo. A su bola. Y a veces convierten la biblioteca en cuchipanda y merendola de sobaquillo. Y se ponen como el Quico o en su caso como la Quica. Y lo hacen porque las aportaciones gastronómicas no son cosa para tomárselo a coña para salir del paso sino más bien bocados ejecutados con nocturnidad, premeditación y alevosía gastronómica. Mi nuera, que sabe bien de mis flirteos con las cosas del comer, me trae unas cuantas muestras de lo allí zampado, no sé si con “animus restregandi” o por unos simples “toma, pa que veas” o “chúpate esa, abuelo Oberto”.

Hace poco me trajo unas tortas de aceite tamaño duro de Cádiz de plata, que valían su peso en oro: aromatizadas unas con tomillo y con hierbabuena otras; pero todo con una mesura desmedida, sin despuntar sabores ni predominar nada; equilibrio en boca, como tener un Circo del Sol bailando entre lengua y paladar. También tuvo el detalle de traerme  unos roscos de vino minúsculos, finos, delicados, golosos, que se desmoronaban en la boca al primer toque, ( aunque el vino brillaba por su ausencia). Pero me los birló pronto por aquello de mi batalla con el azúcar. Creo que me quiere como suegro y por eso me cuida. Ella hizo para el jolgorio unos mini  cruasanes en plan " caben en una caries de muela", pero no me dejó ni uno, ni para dar el visto bueno ni pa ná.

Ya sabéis que el cruasán nace en Viena al levantar el sitio de los turcos como un  insulto de los panaderos y para que los vieneses se comieran “la media luna”. Hay símbolos que con los tiempos que corren se te pueden atragantar. No veas cuando en fiestas de Moros y cristianos en Vélez Benaudalla llenaban las calles con petardos y bien gordos. Hoy en día, sería jugar con fuego. Goma dos. En fin, que leer leen, pero otros fiestorros también se montan. Hasta mi nieto Daniel  se quiere apuntar "a ese Club tan chulo". Tragón el. Y lector que promete. Que sea en buena hora.

miércoles, 3 de abril de 2024

MARINERO TERRENAL.


"El mar cura todos los males del hombre"

-Platón.

Sabe a marengo la luz de la mañana en el Varadero/Santa Adela. Aún no han despertado las gaviotas. Una bruma de paz abraza esos barrios. Huele a nasa y a nudo. Huele a salitre y a malla. A palangre y a café.  Me gusta ver los barcos en el muelle varados con su hipnótico vaivén al golpeteo de las olas. Y esta brisa de primavera tan gélida y salada. Es hermoso el barrio asomado y dormido, como añorando siempre su vocación de playa.

Me fascina verse abrirse la mañana como una grieta oscura a la que el amanecer brinda su luz desprendidamente, respirar el aire fresco, mirar las nubes, contemplar sus formas, desear ser una de ellas para saber cómo se ve el mundo desde otro plano. Saber que mi cuerpo aún me sostiene, que mis ojos miran, mi corazón late, mis brazos abrazan.  Sentarme a la mesa en una terraza y aspirar el aroma seco del café temprano. Luego salir a la calle firme y decidido, saludar tan solo a quienes me incumben, obviar la presencia de los que ni apenas merecen un hola ni otra palabra, porque cada quien es cada cual y sus circunstancias.

Estos son los parabienes que nos ofrece la vida y las peticiones que lanzamos cuasi susurrando a nuestros hados. Agotar los días con esperanza asidua. Llegar a la noche con el alma encendida, sentir el calor de sentirse en casa. Dormir con la paz que respira un niño, dormir muy conforme  contigo mismo, dormir con la fe de no deber nada. Soñar con aquello que tenemos o que soñamos, con fechas brillantes como una quimera, con nombres hermosos que me intensifican, y con esperarte como aún te espero, con el mismo amor con que te esperaba.

No obviar ni mucho menos olvidar que soy de materia humana. No herir, porque sé que el dolor aflige. No mentir si busco que me den verdades. No dejar atrás a nadie honesto y ni a sus vínculos que me unen a el como un hilo rojo. No odiar, porque conozco en mis carnes qué implica la saña. No participar ni ser cómplice al pacto del interesado. No elogiar en vano a nadie en post de mi provecho.  No secar ni anegar los pozos de la fantasía y de la utopía. No volver jamás atrás. 

Valorar todo cuanto cae entre mis manos siempre que sea licito y libre: como son el grito de lo injusto y la memoria, la voluntad y el credo, la lucidez del descamisado y el canto, la voz, la alegría y sus lágrimas. Mantenerlo todo eso a mi lado mientras pueda abonarlo. Empezar a ser consciente para asumir que mi tiempo ha de otear el fin. Y aceptar el adiós, cuando llegue el momento, con entereza, valentía y templanza. Pero eso sí;  todo lo anteriormente dicho que sea junto al mar, porque si algo deseo es acabar mi tiempo cuando me llegue el día, contemplando la mar desde mi casa; donde pueda pronunciar las sílabas de todo lo que amé. Y levantar la vista a la lontananza  marina y dar las gracias a ese mar; que susurra acompasadamente la canción de las sirenas. Un Bell canto que tranquiliza al ir al unísono con el tañer de las arpas doradas que acompaña el tímido eco de las olas. Un sonido heredado a las conchas y nácares de la playa, que inmortalizan para siempre el tono de las aguas. Ese es el mar que puedo ver aun cerrando los ojos.

lunes, 1 de abril de 2024

RECUERDOS.

A veces; un encuentro casual con gente que no veías desde hacia mucho, unido a una conversación aparentemente inocente, fugaz, trivial, te brinda la oportunidad de disfrutar de un momento especial, de esos que descubres, sin querer. Como esa joya especial que encuentras en tu tienda de libros de segunda oportunidad y que parece hecha para ese preciso instante. 

Conversando con ellos en la terraza de un bar les he confesado mi añoranza de no poder haber disfrutado antes, de unos momentos tan sencillos como especiales como los que disfrutamos ahora. 

"Nunca es tarde Robert" ha sido la sencilla, pero demoledora, respuesta de alguien que era consciente como yo del tiempo perdido, pero que seguramente ha sabido ver, quizás en este tiempo que a mí me parecía gastado, el momento de aprovechar el tiempo que aún nos queda, espero que mucho. 

Yo no me considero ni sabio, ni veterano como para poder dar consejos como lo hace mi amigo; posiblemente desde la perspectiva que le debe dar a quien sabe contar hasta diez por haber visto y vivido cosas que, para otros, siguen siendo el primer vagón de la soñada primera clase de la experiencia.

Pero esta vez voy a hacer una petición a quién tenga el tiempo y la paciencia de leer esto hasta el final. 

Que, como esta frase que me ha golpeado mientras saboreaba un café con su poderosa y sencilla verdad, hagamos caso y no dejemos de lado esa llamada pendiente, ese abrazo, esa sonrisa, la palabra generosa que, a veces, parece resistirse a salir como gato caprichoso panza arriba y rompamos el vacío hechizo del temor o el orgullo y demos el paso adelante.   

Por nadie y por todo, por nosotros mismos. Porque nunca es tarde. Por los abrazos, perdones y besos debidos. Fomentar esas reuniones donde regresan los recuerdos de nuestros amigos ausentes. Recordar a esos a quienes no volveremos a ver jamás en esas reuniones que hacíamos eternas, y que regresan a nuestro pensamiento con más intensidad, si cabe, en la añoranza de no tenerlos físicamente a nuestro lado. 

He de reconocer que siento esas presencias más cercanas que nunca cuando me reúno con los amigos. Quizás sea la magia de la amistad, o saber que alguien en quien creo profundamente, vuelve a recordarnos la importancia de volver a juntarnos aquí, o en el constante recuerdo de aquellos a quienes jamás dejaremos caer en el olvido de nuestra memoria inmortal.