Levanto la vista de las aún impolutas cuartillas
todavía huérfanas de palabras entrelazadas; tengo la sensación que la huida de
mi musa tiene mucho que ver y esta a la vez
entrelazada con la muerte de mi lobo. Miro por encima de los cristales
de mis gafas a través del cristal de la ventana que hay frente a mi pupitre a
modo de escritorio, desde la ventana; veo bancales de olivos, mas hacia abajo
en dirección al mar observo extensiones de caña de azúcar como una marea verde
peinada por los vientos, aterciopelando la vega motrileña bajo un cielo azul y
plomo. Lana verde sobre los lomos hechos por el hombre sobre la tierra viva.
Miro el sendero que llega hasta mi casa y si observo más atrás marcha en
dirección a Motril hasta perderse de mi vista tras un recodo, por donde
minasierra gira al encuentro de la urbe motrileña; pero yo lo sigo aún con la
imaginación: lo imagino culebreando por la ruta oculta tras los cerros,
descendiendo entre bancales de aguacates, barrancos y pedregales hasta unirse a la carretera principal. Miro a través
del aire y de las incontables y diminutas gotas de agua que flotan en él, miro
a través de mi mente y de las ideas preconcebidas, de los sentimientos y de las
sensaciones, miro fuera sabiendo que, en realidad, miro hacía dentro porque
siempre, siempre que me miro, me miro hacía dentro.Siento una profunda
tristeza; siempre que dedicó mi tiempo a mirar. Miro más allá del cristal de
los anteojos, más allá de la ventana y el aire, más allá de mis bruñidas
marismas interiores. Me siento bien en el acomodo que me otorga el temblor de
las recónditas profundidades o el rumor incesante de los recuerdos.
Por eso es
tan fácil cerrar los ojos y recordar, como hacerlo mirando al cielo, al mar o
al horizonte.Desde que se fue mi musa ando a ciegas, mas bien a tientas; y
cuando consigo ver, miro a mi alrededor y ahora solo veo objetos donde antes
veía inspiración. Objetos, me repito a mi mismo, sólo objetos. Ahora todos los
objetos del mundo estan dentro de mi, porque han hecho morada en mi interior y
conviven ahí con otros objetos nacidos en mi corazón y que jamás salieron al
exterior. Unos objetos que soy incapaz de precisar cuanto tiempo llevarán allí,
porque tengo la sensación que están ahí desde siempre. Cuando tu estabas los
obviaba pero ahora los siento como punzadas, como fuegos o rescoldos de ansiedades,
desazones, obstinados sentimientos que permanecían cosidos a la piel de su alma
con invisibles hilos de acero y que ahora salen a la luz. Desde que ella se ha
ido y me ha abandonado, entre todos los objetos destaca uno, terrible y
desdichado. Una especie de nostalgia cruel.
Un fuego de tristeza que me abrasa;
que a través del cristal graduado de las gafas, del rectángulo la ventana, de
las diminutas gotas de la humedad que se columpian en el aire sobre los campos,
tiñen el paisaje en que habito de una desazón creciente y lo envuelve en una
aciaga luz negra. Tanto fuera como adentro,mi mundo termina devorado por el
dolor y la pena, por el vacío que ha dejado ella, mi musa. No se me ocurre
objeto alguno que quede libre de esa triste luz; siento que la irradio –hacia
fuera, hacia dentro- desde mi propia mirada. Si la vida esta en los objetos, ya
no la quiero; no estos objetos, no esta vida.Un cumulo de preguntas se clavan
en mi cabeza como si fuesen cristales punzantes ¿Fue ella un objeto más? y si
lo fue ¿por qué no permanece a mi lado?, ¿por qué no le basta mi recuerdo?
¿Tanto le importaba que hubiese muerto mi lobo o que permaneciese vivo
involuntariamente unida a él?.
La dolorosa obscura sombra de la soledad me hace
confundir los términos -vida, muerte- que
mas da, la realidad es que juntas se convierten ya en un único e insoportable
dolor. Quizá, me digo a mi mismo, el propósito de ella era haber estado unida a
mi hasta que se ha extinguido el cánido. Es absurda la idea, lo se. No
representa ningún consuelo, porque el fuego que me abrasa ahora el alma lo
alimenta su ausencia, con un incendio que ya arrasa todas mis lágrimas y no me
queda para llorar más que una tristeza árida y estéril. Ni siquiera imaginar
que mi vida pueda ser impostada e imaginaria resta un ápice de consistencia a
mi colosal soledad. Contigo se ha ido la inspiración y tengo que asumir que para
que pudiera ser feliz escribiendo; debería exponer historias nunca antes
contadas de una forma novedosa, debería buscar un continuo devenir de vivencias,
personas, personajes históricos, diccionarios, enciclopedias, sueños ajenos,
periódicos, palabras de otras lenguas, libros... Debería indagar, comparar,
investigar, aprender, memorizar, pero sobre todo innovar. Debería convencer.
Pero ahora todo mi propósito se ha convertido en algo tan obligado que, aunque
propio, es a la vez tan ajeno, y tan independiente a mi... Me he convertido en
un sufrido esclavo de lo que comenzó siendo un deseo, pasó a ser una pasión y
devino en una triste y mundana necesidad. Mis ideas ahora son parches, retales
del pasado que uno con hilos prestados. Ahora mi cabeza está hipotecada.Y si
tu; musa díscola e inmisericorde, me enseñaste que la vida se compone de los
objetos que me mostrabas y de otros más; todos en movimiento lo daré por bueno. Y si he aprendido de ti ha asociar la vida y el movimiento, como si estuvieran
constituidos por igual de la misma esencia del espacio y del tiempo. Pienso
cazarlos con un lazo emocional y condenarlos a cadena perpetua en mis entrañas.