Me gusta montar en tren, me gusta ver como a gran velocidad avanzo entre paisajes no habituales en coche. Apoyo el codo en el marco de la ventana y me pongo la mano en el boca aguantandome la cara. Me miro en mi reflejo que se produce en mi cristal y también miro el reflejo de otros para fijarme en sus aspectos. Suelo escuchar música o leer durante el trayecto, o a veces solo me da por observar por la ventana las nubes e imaginar sus formas.
Y es que los humanos sentimos la extraña necesidad de mirar arriba, ya sea de día, de noche o en plena tormenta; algo nos dice el cielo a todas horas. Quizás sea un sueño perpetuado mirando la inexpugnable esperanza que creemos que mora más allá de las nubes. O simplemente… que nos gusta coleccionar en nuestras retinas paisajes nubosos que mutan con los vientos. Mientras todas estas esculturas de celeste vapor y puntos salvajes patrullan sin mirar abajo con sus extrañas formas…
Una vez llegado a destino salgo de la estación y me adentro en un parque. Lleva un rato el día Amanecido, pero el sol aún no muestra sus rayos y el aire se ha tornado casi irrespirable, cálido y húmedo como uno de los tantos días de mediados de enero. Sobre el horizonte el cielo poco nítido presagia la inminencia de alguna tormenta que seguramente traerá una limpieza en el ya de por si contaminado ambiente.
Tumbado en aquel banco del parque a modo de tálamo alejado del centro, vuelvo a contemplar las nubes. Las veo pasar impertérritas a lo que sucede a ras de suelo, mientras yo en ese suelo veo la vida pasar esperando que tras mi esfuerzo a las claras inútil, pasará algo. Llevo tiempo con la cabeza embotada. Una pregunta como el estribillo de una canción se repite en mi cabeza: Si no me paro de esforzar, de luchar, ¿Por qué no llega mi recompensa? ¿Cuánto tiempo más debo esperar?
Cierro los ojos cuando el sol comienza a escapar de las opresoras nubes. Me duelen. Los tengo irritados y sensibles tras tantas noches de insomnio. Tengo demasiados sentimientos encerrados en ellos. Algunos llevan tantos años que aunque los quisiera dejar salir y liberarse, éstos habían decidido quedarse y hacer un agujero más grande y profundo en mi interior. Una agradable brisa corre por el ambiente trayendo consigo frescor, olor a pino y lluvia. Tras unos minutos con los ojos cerrados, una gota cayó en mi mano y tras un par de pestañeos, otra gota se posó en mis labios.
Abro la boca instintivamente esperando más gotas. Necesito refrescarme. Las gotas empiezan a ser más constantes. Comienza a llover de forma copiosa pero yo no me muevo un ápice. Quiero empaparme, quiero ser nube, quiero ser brisa. Querría ser lluvia que todo lo moviese, que todo lo renovase, que todo cambiase, para bien o para mal, pero que cambiase. Porque lo que se dice limpiar u olvidar, nunca se podrá ni con un diluvio universal.









