Cuando Javier llegaba a casa lo primero que hace es ir a la nevera, coger algo, se va derecho al sofá, y se masturba oliendo un yogur con sabor a vainilla: así es su colonia para las pituitarias cuando se mezcla con el sudor apelmazado de andar varias horas de descubierta por los pubs de la calle Huertas y con la agonía de los aires acondicionados apagados para aumentar el consumo de liquido entre la clientela, a veces, en algunos garitos hasta cortan el agua fría para que los pastilleros controlen su mandíbula con botellas de agua a seis euros la unidad. Veía cuerpos embadurnados en purpurina y maquillaje que le hacía recordar a una pata de cochino impregnada en grasa dorándose en el calor del horno: lista para comerse, sabrosa a la vista, orgasmo en el paladar.
Cada miércoles por la noche frecuentaba el Spirit, esa es la suerte de los fracasados, para ellos no existe entre semana, día laboral. Viven en un mundo que espera tan poco de ellos que sus aspiraciones se reducen a objetivos totalmente despreciables hasta el punto de que si consiguen un logro pasa de largo porque sus metas son hechos cotidianos para quienes apuntan grande en la vida, para los soberbios con trabajos en oficinas transitadas, monovolúmenes con el asiento de los niños atrás, pisos de escándalo con dos plantas y mujeres con tetas con pezones como galletas maría.
El se repetía muchas veces que "Los fracasados tenemos la suerte del paria: no nos desean, no nos invitan a ninguna fiesta porque no consideran unos amargados, nos huyen por la calle saltándose de la acera igual que cuando ves una cucaracha saliendo de la alcantarilla con las alas abiertas; por miedo a que pidamos calderilla, cigarrillos o algún tipo de favores, favores que jamás nos pediran a nosotros porque saben de nuestra inutilidad. ¿qué es lo mejor que puedes interrumpirnos? ¿La sexta paja pensando en la vecina del segundo?¿Otra cerveza viendo películas porno grabadas de la tele local?¿Que tenga que ir al INEM a sellar la cartilla?
Otro don de los fracasados es que la ociosidad de nuestra vida hace tiempo que le pegamos un tiro a la dignidad y comenzamos a vivir de las limosnas, los engaños, la pena y la compasión de los ingenuos permite que siempre estemos disponibles: te ayudamos con nuestra habilidad oculta, superheróica y ganamos unas monedillas con las que salir a fumar, emborracharnos y esnifar si la chapuza ha sido más grande de lo normal.
Y este miércoles noche en el Spirit no fue diferente: ella, con perfume sabor a vainilla quedándose atrapada entre la garganta y la nariz se me clavaba en los testículos como un deseo al que te resistes a aceptar su imposibilidad. Nunca tuve el valor de acercarme a ella, por lo tanto me conformaba con mis putas del todo a cien, las que entran a los garitos a las 4 de la mañana cuando el camarero ya le está dando la vuelta a los taburetes y no pueden servir copas de cristal por la normativa. e
Esas putas de todo a cien que buscan en los penes al amor de su vida, al príncipe azul, al caballero que las libere del dragón y las rescate de entre las paredes del castillo, un pene que les lleve a desayunar churros, las trate con la dulzura más extrema que jamás haya existido en el planeta y en cuanto descarguen las bolas en su boca, a veces dentro si tienen la suerte de que estén muy borrachas, negarán conocerlas para siempre.
Pero esta noche cuando la vio en el Spirit hubo algo distinto: observó como se apretaba sin parar la nariz, como si absorbía mocos imaginarios. La oportunidad fue cuando vio el hilillo de sangre bajar hasta el labio inferior: esa era su oportunidad, lo supo porque los fracasados somos carroñeros que en caso de no comer despojos de los leones sabemos distinguir quien es la presa más débil.
-¿Hace una raya?
Ni siquiera le dije hola, ni siquiera me presenté, ni siquiera busqué sutilezas: demasiadas noches conviviendo entre adictos para saber que la ternura es una utopía.
-O dos; me contestó mientras se levantaba del taburete de la barra.
Fuimos al baño: su puñetero olor a vainilla me ponía tan cachondo que me fui acariciando el badajo todo el camino hasta el servicio, imaginando todo lo que iba a hacerle, todo lo que se dejaría hacer, todo aquello que tantas veces había imaginado.
Con un gramo fue suficiente: mientras ella cortaba la farlopa con mi visa caducada fui magreando sus pechos, besándole el cuello, la oreja, habría ido directo al coño, pero cuando por fin dejas de comer sobras de la mortadela y te encuentras con caviar rojo lo degustas lo que puedes, largo tiempo creyendo que así jamás se acabará aunque sabes que tarde o temprano volverás a enfrentarte con una nevera media vacía. La acariciaba, la mordía, incluso me atreví a meterle un par de dedos.
Terminó de consumir. Me besó los labios. Y con un escueto gracias se fue de allí. Y de nuevo en la barra me miraba como si fuese la primera vez, con una indiferencia tan grande que por primera vez sentí que un bicho me picaba la nuca, que el estómago me daba acidez.
Y aquí estoy en el sofá, masturbándome mientras huelo un yogur de vainilla sin arrepentirme de haberla invitado a un poco de polvo, sin arrepentirme de haber esperado durante tantas horas en el Spirit, sin arrepentirme de haber manchado los zapatos de sangre cuando la vi a solas.