El pueblo de mi madre estaba rodeado de imponentes montañas, sus calles empedradas se perdían entre casas encaladas y tejados de tejas árabes rojas. En una de sus calles tenía su casa mi abuela y por ende mi hogar puntual, se llamaba Calle del Sol.La Calle del Sol era estrecha y sinuosa, adornada por coloridas macetas en las ventanas y faroles antiguos que iluminaban las noches oscuras. Jamás había prisa en esa calle; los vecinos se saludaban con amabilidad, detenían sus pasos para charlar, y siempre se podía sentir el aroma de pan recién horneado proveniente de una tahona cercana. Mi abuela cada vez que me daba un mendrugo de pan para desmigajarlo sobre el tazón de leche me recordaba cuando cada casa tenía su horno y amasaba su propio pan.
Era una calle donde el tiempo parecía haberse detenido. Sus habitantes vivían sus días con tranquilidad, dedicándose a sus labores en el campo y compartiendo los vínculos de amistad que se habían tejido a lo largo de generaciones.
Casi al final de la calle dirección al río se alzaba una modesta pero acogedora taberna llamada "El Rincón del espanto". Era el punto de reunión de la gente en busca de desahogo, sabiduría y buena compañía delante de un vaso de vino. Todas las tardes, al ritmo cadencioso del ocaso, los vecinos del pueblo, agotados de sus tareas diarias, se congregaban allí para contar historias, reír y disfrutar de un buen trago. Yo los veía pasar desde el tranco de la casa de mi abuela yendo en dirección a la taberna.
Le pregunté a mi abuela porqué se llamaba la taberna así y me contó una historia, cuasi leyenda de que en ese mismo sitio muchos , muchos, muchos años atrás a un labrador de madrugada se le apareció una procesión de almas en pena que tal fué el susto que murió ipso facto de la impresión. De ahí el nombre del " Espanto".
Una taberna, una tasca como es debido, puede ser más o menos seductora y según qué ojos la miren tendrá una dimensión poética, u otra casposa...Lo que no admite discusión es que, en todas aquellas que sobreviven, un hecho prodigioso acude en auxilio del parroquiano: el tiempo se detiene, nada es igual de puertas afuera a puertas adentro... basta ver al tabernero y tener la sensación que el tabernero nació y pernocta en el interior de su cueva, no menos se puede decir del cliente habitual, acodado en la barra contra viento y marea, aunque a menudo se sospeche que vuelve a su propia casa a la funesta hora del cierre...El ascetismo del bar, su finísima caracterización de varias épocas fundidas, le confiere más dignidad que la de los palacios desangelados y rutinarios por dónde se mueve hoy el consumo de alcoholes y refrescos.
En el pueblo de mi madre aparte de " El rincón del espanto," una piedra de molino saludaba a modo de reclamo a los pies de los visitante de otras tabernas como “Casa Paca”, o “Casa Jorge ”, según se distinga entre la jefa o el jefe del establecimiento
El negocio de Paca no es solo taberna, también es un pequeño colmado que aún da servicio a sus más de doscientas almas, y ocupa el espacio de lo que antaño fuera salón de baile...Ciento y pico de años contemplan este cantina dónde, como en cualquier otra semejante, puede vivirse la eternidad en un solo día.
A mí por ser medio pariente carnal del dueño y obviando mi edad tan temprana me dejaban ir a una de ellas mientras mi madre se pasaba la tarde chafardeando con sus hermanas y amigas en la plaza del pueblo. El dueño de " El rincón del espanto", era Don Emilio; un hombre bondadoso y sabio aunque algo extravagante, con cabellos canos que parecían estar cubiertos de polvo ( ya de mayor me di cuenta que estaba cubierto de experiencias). Con su barba larga y sus ojos azules llenos de chispas de vida, se convertía en el alma de aquel lugar. Sentado detrás de la barra, con una sonrisa amable, escuchaba atentamente las historias de todos los parroquianos; y en más de una ocasión, ayudaba a resolver los pleitos muchas veces banales y producto del vino que los embrutecida discutiendo.
Una tarde oí a dos labradores comentar en voz baja entre ellos del porqué de la estancia de mi madre y mia en el pueblo ( siempre pensé que por vacaciones) pero eso lo contaré en otro capítulo. La taberna era el lugar donde se tejían las leyendas y las aventuras vividas en el pueblo. Cada rincón estaba adornado con reliquias de antaño, como cuadros polvorientos que retrataban antiguos nobles y armas oxidadas que colgaban en las paredes. Incluso había una antigua guitarra, la cual había presenciado más de una serenata y más de un amorío secreto.
Los vecinos del pueblo eran personas humildes y sencillas y su calidez en el temperamento se reflejaba en la taberna. Los hombres del campo compartían anécdotas de sus labores en los campos, mientras que algunas mujeres, vestidas con sus delantales, ya cansadas de estar en la plaza se reunían en mesas pequeñas para continuar sus historias de amor y repliques de cotilleos.
Los sábados en la noche, la taberna cobraba más vida aún con música, bailes y risas desbordantes. El olor a tortas recién horneadas en la tahona y licores destilados en las casas para consumo propio inundaban el lugar, haciendo de esos sabados veladas mágicas e inolvidables.
Me contaba Don Emilio que la taberna también fue testigo de momentos de nostalgia y tristeza. Noche tras noche, amparados por las penumbras de aquel rincón, se desahogaban los corazones rotos y los sueños perdidos. Don Emilio señalándome un cuadro con una poema escrito me contó que lo escribió un guiri que había venido al pueblo para hacer un estudio de plantas y de bichos del campo y se enamoró de una mujer ( luego averigüe que la enamorada era una tía mía, hermana de mi madre)
Me acerqué con curiosidad al cuadro en el cual estaba escrito el poema sobre un fondo de hojas secas sobrepegadas unas a otras limpie con mi puño un poco el cristal:
"En el jardín de mis sueños, entre los geranios en flor,
brotan mil colores que hablan de amor.
Flores rojas como pasión ardiente,
Flores blancas como pureza latente.
Como pétalos que se desprenden al amanecer,
así se deshoja mi alma al enloquecer.
Cada flor en mi senda, un amor que se cruza,
un destello fugaz, una luz que reluce."
No hacía falta ni ser mayor ni tener buenas entendederas para saber que ese amorío fue efímero.
Cuando me hice mayor ya lejos de ese pueblo tomé conciencia que el paso de tiempo en la taberna era impredecible; las horas se estiraban como si fuera un universo aparte, habitado por la felicidad y las penas de todos ellos. En cada vaso vacío había una historia, en cada risa compartida había un lazo más fuerte tejido entre vecinos.
Así, "El Rincón del espanto" se convirtió en mi lugar preferido aún siendo un niño. Era más que una taberna, era la calidez de un hogar compartido. Don Emilio se convirtió en una figura casi mítica, un sabio que escuchaba, aconsejaba y acogía a todos los que necesitaban un poco de charla. Ahora pienso la falta que me hubiese hecho un Don Emilio en mi vida cotidiana no lo sabría cuantificar nadie.
Esa taberna existió por generaciones, antes, cuando y después de mi tiempo en el pueblo y aunque el tiempo pasara y los dueños cambiaran, siempre sería el lugar de encuentro del pueblo, el corazón latente en medio de la rutina. Porque mientras exista un lugar donde compartir, reír y encontrar consuelo, siempre habrá esperanza y amor en cada trago de aquel rincón tan especial como sigue siendo " El rincón del espanto"
DIARIO DE UN NIÑO URBANITA EN LAS ALPUJARRAS.