Hoy debería de haber amanecido con visos a ser un día “Normal” dentro de mi extraña rutina, sin embargo,este amanecer era distinto, se percibía una sensación de que algo casi apocalíptico sucedería, casi podía respirarse la tragedia. La mañana está fría y oscura como nunca; el cielo y el sol, están cubiertos por unas lúgubres nubes que se ciernen sobre Madrid, mi mundo exterior, que ahora se está confundiendo con mi mundo interior en una fusión desgraciada.
Hoy es día de fiesta en Madrid, el rey se casa con una princesa de nombre impronunciable y para colmo de desdicha; como diría un castizo madrileño; ni española es tan siquiera. Aunque es festivo en la capital del reino, flota un ambiente muy extraño. Es Mayo y todos los jardines y parterres de las calles explosionan en un arco iris de colores florales. Pero hoy las flores tiene un color mate, sin brillo, como si presagiaran un mal. O al menos es mi sensación.
Cuando iba camino a mi trabajo con un andar apresurado; siempre voy con retraso para no variar, no podía dejar de percibir ese inusitado clima. La gente lucía un sentimiento exteriorizado en sus caras, caras atemorizadas y a la vez ofensivas, quizás por que al igual que yo sentían en el aire de que no sería un día como todos,A la altura de la calle mayor ya me faltaba el aire en los pulmones producto de la velocidad de pasos que esgrimía mi caminar apresurado.Los perros callejeros ladran y aúllan en una mezcla de llanto amargo y triste, el cielo nublado luce un aspecto sospechosamente muy calmado, si alguna vez me imaginé el día en que todo acabaría, esto lo supera con creces…
Sentado en mi banquillo y apoyando mi brazo en el sillón de las conversaciones observo la fachada de la embajada italiana, una fachada barroca muy llamativa, siempre me ha gustado observarla. Por eso decidí heredar el puesto de limpiabotas justo enfrente de ella, a cien metros de la calle San Nicolás. Observando el edificio espero a que llegue alguien para ofrecerle lustre a sus zapatos, y una buena conversación. El cuello de la chaqueta me aprieta y los pantalones me quedan pequeños de tanto lavarlos se conoce que han encogido, el color de mis calcetines, como el de mi piel, se adivinan en la distancia. De todas formas no puedo quejarme, es el mejor uniforme que he tenido. Sería absurdo si dijera, que se puede llegar ha conocer a una persona por el estado de sus zapatos, pero yo no lo creo cierto. He dejado los botines de algún caballero, más limpio y reluciente que su mismísimo estómago, solo por mera apariencia.
Recuerdo a un señor que tanto rugían sus tripas, que me vino un recuerdo de cuando me encontraba en una mañana de Domingo en el casa de fieras del retiro, mientras paseaba con mis amigos comiendo pipas de calabaza, extraídas de un cucurucho de periódico, alrededor de las jaulas de los felinos. Yo diría que las personas también mienten, sin tener que pronunciar palabra alguna. He sacado brillo a los botines de gente de negocios importantes, señores de la alta sociedad, incluso a algún conde o marqués, no sabría distinguirlo. Pero nunca olvidaré esta mañana de principio de primavera.
Llegué algo tarde a mi tenderete de limpiabotas cerca de la la calle Mayor. Era de los mejores lugares, lo heredé de mi padre y lo suyo le costó mantenerla. Aquella parcela de acera me pertenecía por antigüedad. Mi padre vino a Madrid muy joven desde su Motril natal, un pueblo que según dicen; porque yo no tengo ni idea que se sustenta por la caña de azúcar que importaron de las Américas unos terratenientes. Y esos mismos fueron los que le abocaron a tomar la decisión de venir a Madrid. Ellos y el hambre.
Inmerso en mis caunadas no me percaté que se sentó en mi sillón de trabajo un señor enjuto que leía avidame "El Imparcial” e inicie mi labor de sacarle lustre a sus zapatos, eran de buena calidad, independientemente que el señor vestía de pana fina, un tejido someramente caro para una persona no pudiente.
_ Y va este rey de pacotilla y se casa con una gabacha. Masculló entre dientes.
_ No es gabacha señor, es lady no mademoiselle. Le contesté al señor sin mirarle.
_ Gabacha, lady, ¡ que mas dá !, otro coño real que mantener ha nuestras espaldas. Ante la ocurrencia esbozé una leve sonrisa y me limite a no contestar. No lo veía yo prudente. Un hombre de mediana edad, forastero; por el habla adivine que seria catalán y con apariencia de nerviosismo, se acercó a mi sin saludar, se sentó de un forma algo inusual en el sillón; como si le costase por alguna enfermedad tomar asiento. Y dejando un ramo de flores en el suelo junto a el me dijo:
-No dispongo de mucho tiempo, así que haz tu trabajo lo más rápido posible y te recompensaré como nunca antes lo han hecho. Creo que todo fue tan rápido. Se los enceré a tanta velocidad, en menos de lo que canta un gallo, que prácticamente no lo recuerdo. Y se los dejé tan relucientes que casi podía ver mi cara reflejada en ellos.Todo fue en un visto y no visto.
Al término de mi trabajo me entregó un billete grande. Se levanto apresuradamente e inicio con paso firmes y rápidos en dirección a un edificio de la calle mayor, entonces reparé que se había dejado olvidado el ramo de flores al lado del sillón, le llame a voz en grito dos veces y viendo que no me oía, decidí llevárselo yo mismo, mayormente por agradecimiento, nadie da un billete grande hoy en día por limpiar unos zapatos. Si hubiese sido otro, me hubiese callado y esta noche mi mujer disfrutaría de un regalo floral. Recorrí al menos 25 metros a toda velocidad con mis viejos y vetustos zapatos, a pesar del riego de perder mis utiles de limpieza en beneficio de cualquiera que circulara por allí, pero no me importó.
_¿Señor se deja las flores!Al instante se dio la vuelta y gritó en un tono que evidenciaba cierto nerviosismo:
_¡ No corras que te puedes caer, y estropearme el ramo ! Le di alcance justo en el portal en que iba a entrar.
_Tenga caballero. Por dios como pesan, ni que estuvieran hechas de plomo. Le dije mientras le daba el ramo de flores. Sin más palabras, acercó su mano al interior de la chaqueta y me entregó otro billete igual que el anterior. No daba crédito, me quedé paralizado. Observando a mi benefactor mientras se perdía en el portal del edificio.
Aquel día debería haber sido uno de los mejores, porque la comitiva de la boda del Rey pasaba por mi calle y todo el mundo quería abrillantárselos, para que se les viera bien elegantes. Pero un rato después de todo aquello, una vez regresado a mi puesto, un estruendo sin igual se oyó en toda la calle, y una nube de polvo gris inundó mi espacio sin poder de reacción, los gritos y el desconcierto se adueñaron del momento, y yo; lo único que pude pensar, es que habría cantidad de zapatos por limpiar.
Mateo Morral se traslada a Madrid y se aloja en la Fonda Iberia, sita en la Calle Arenal nº 2 que le había sido recomendada por Francisco Ferrer. En la recepción firma como Mateo Morral, fabricante, Barcelona. Parece ser que a través de los anuncios del El Imparcial, Mateo elige el lugar desde donde lanzará la bomba a la comitiva real. Se dirigió a la casa de viajeros en la calle mayor número 88 piso cuarto de la derecha y convenio con los propietarios de la misma el abono de 25 pesetas diarias por adelantado durante 14 días. Resulta curioso que no intentara en ningún momento ocultar su verdadera identidad.El 31 de mayo de 1906 día que contraían matrimonio el rey Alfonso XIII con la princesa británica Victoria Eugenia de Battenberg. Durante el trayecto de regreso desde la iglesia de los Jerónimos donde se habían casado al Palacio Real. Sufrieron un atentado en la calle Mayor cuando pasaron el cruce con la calle San Nicolás y al llegar el tiro frente a la embajada Italiana (actual Instituto Italiano de Cultura) Numero 88 actual 84, el anarquista Mateo Morral lanzó contra la carroza real un ramo de flores el cual contenía una bomba. La bomba llamada de inversión, conocida como bomba de Orsini, de fabricación casera estaba oculta en un ramo de flores que arrojó desde el balcón de la pensión en la que se hospedaba, cuarto piso del número 88 de la calle Mayor. La bomba en su caída tropieza con los cables del tranvía, hecho que desvía la trayectoria de la bomba y en lugar de caer sobre la carroza real cae sobre el público cercano, matando a 25 personas y dejando heridas alrededor de 100. Los reyes resultarían ilesos. Según el anuario político de 1906.
REFLEXIONES DE FRANCISCO PÉRÉZ ABELLÁN.(Al menos nos crea algunas dudas de la verdad)
Morral era un señorito de Sabadell que viajaba con equipaje lujoso de cuero y un neceser lleno de adminículos para el cuidado personal. Entre sus camisas bordadas con sus iniciales y otra ropa de lujo, destacan las tenacillas para hacerse el bigote y la ayuda para la botonadura del calzado, además de los sombreros Frégoli. En su cartera acumulaba una gran cantidad de billetes de banco y bajo la bragueta ocultaba el suspensorio para la orquitis, o inflamación de testículos, que sufría debido a la blenorragia que había contraído en un burdel diez días antes, y probablemente el origen de la incomodidad que le impidió atinar en el atentado con aquel dolor entre las ingles.Este tipo atildado, que se disfrazó con un traje de obrero, pero que fue asesinado por los suyos, es decir por los que le habían mandado, ha sido hasta hace muy poco figura emblemática y de inspiración para escritorzuelos, periodistillas e historiadores de relumbrón que han repetido las mentiras fraguadas en el momento del asesinato sin molestarse siquiera en leer los documentos oficiales o preguntarse sobre los misterios de un acto que cambió la historia. Ferviente defensor de que solo el conocimiento de la realidad puede permitir un paso adelante, mi libro Morral, el reo asesinado. El falso suicidio del hombre que atentó contra Alfonso XIII, recién publicado por Poe Books, desvela todo lo que de verdad ocurrió y se ha ocultado, dejando al aire los mimbres de la política.Morral era un instrumento, miembro de una banda de criminales, el primer lobo solitario falso de la historia, cuyos cómplices pueden encontrarse en el sumario judicial, aunque nunca fueron perseguidos. Hasta cinco componentes de la banda le acompañaron, los que le dieron el pasaporte para taparle la boca en un sitio confuso, nunca hasta ahora detallado, pero que era nada menos que el Soto de Aldovea, la finca de San Fernando de Henares del hermano menor del conde de Romanones, a la sazón ministro de la Gobernación, que le haría duque de Tovar aquel mismo año, pese a su estrepitoso fracaso en la guardia y custodia del rey y sus poderosos invitados, los herederos de las monarquías de todo el mundo que estuvieron a punto de morir en la iglesia de San Jerónimo, pero que también se libraron por la torpeza de los asesinos. Romanones por su parte, pese a aquel fracaso temprano en su carrera, fue lanzado a la gloria política: fue nombrado diecisiete veces ministro, dos alcalde de Madrid, presidente del Congreso y del Senado y tres veces presidente del Gobierno. Además cultivó un sólido prestigio de escritor e intelectual, pese a que el que fuera ministro de Cultura Pedro Sáinz Rodríguez, en sus memorias, dice una y otra vez que le escribían los libros. También todo el mundo sabe que Romanones era inmensamente rico, aunque le confesó al periodista López Pinillos, Parmeno, que vivía de la herencia y que apenas se dedicaba a los negocios, volcándose en la política. ¿De qué era tan rico Romanones, hijo del marqués de Villamejor, que tuvo cinco hijos dentro del matrimonio y al menos otros dos naturales, con los que tuvo que repartir por orden de los tribunales?¿Qué significa en realidad ser "un Romanones", al que Valle Inclán pone en Luces de bohemia de ejemplo de plutócrata? Claro que don Ramón también dice en su poema "Rosa de llamas" que Morral era un "mendigo escotero", cuando estaba forrado de las botas al bigote.