"Avienta rosas al abismo y di: aquí están mis gracias al monstruo que no logró tragarme vivo".
—Wilhelm Friedrich Nietzsche.
Tristes días estos que vivimos varios naufragios. El de pateras llegando a Canarias con gente buscando su " Dorado", ese el primero.
El del rebrote de la ultraderecha (machista, racista, filofranquista, clasista, xenofoba...) en esta España que es de todos y de nadie, como si el recuerdo de intentar vivir en una sociedad mas avanzada se hubiese esfumado de golpe.
También la posibilidad de una guerra en oriente medio es otro naufragio que amenaza con volver a desandar todo lo andado después de aquella masacre que nos dejó en oscura herencia más de 50 millones de cadáveres. Pero siempre nos queda tablas de salvación.
Nos queda para la esperanza el merecido premio planeta a Paloma Sánchez - Garnica, una currante de las letras; me queda la última película " la habitación de al lado " de Pedro Almodóvar, verla con un bol de palomitas ; nos queda volver oír a mi buen amigo Miguelon volver a cantar cuando le queda tiempo en su por hoy fructuosa labor de concejal de cultura; nos queda las copas entre risas con los amigos, nos quedan el futuro libro de poemas de Francis Torcuato lejos del frikismo onírico que estamos viviendo; me queda disfrutar de la sapiencia artística que irradia mi hermanillo Joan de Figueroa.
Nos quedan los discos de Bowie, Springsteen y de Rosendo, nos queda que vea la luz el próximo libro de Josa Y suscuentos y su " Heroe superaceta ", nos queda ver cómo llega a buen puerto Esther Abellán y su club de la lectura, nos queda ver que Motril es un referente cultural desde muchos años silente al haber estado manejado por cuatro filibusteros y buscavidas y empieza a despertar y nos queda aquello que decía Herman Hesse de que la prosperidad y belleza del mundo descansa en la paciencia.
Y la paciencia, que es la cosa más dura para el espíritu, lo que requiere es tiempo, silencio y confianza en el futuro. Y es que a la civilización no se llega de casualidad. La civilización precisa de voluntad y de una buena predisposición de todas las partes. O es la guerra o es la paz. O es el caos o es la civilización. Es la cultura o el casposo analfabetismo. No hay mucho más donde elegir. No soy reencarnacionista ni creo en el karma.
Es más, a la gente que cree en el karma habría que procesarla penalmente, ya que llegan a la estupidez de considerar que todo aquel que sufre algún tipo de minusvalía, trastorno o alteración de la salud es por culpa o razón de las malas acciones de sus vidas pasadas.
Así, en consecuencia, el gilipollas kármico culpabiliza a la pobre gente de causas que competen única y exclusiva a la azarosa casualidad genética. Una estupidez esto del karma como otra, o mayor incluso, cualquiera.
Tampoco creo en las pobres y perseguidas brujas ni en la brujería: un feminicidio sádico y planificado aquel del XVII-XVIII para acabar con las prácticas paganas e inspirar el temor al Dios Trino Cristiano y a los hombres poderosos a través de hierros al rojo para arrancar la carne putrefacta de esas pobres mujeres, más de 100.000, torturadas y quemadas por el simple hecho de haber nacido mujeres y vivir a su aire y antojo, fuera de la ley de los hombres que alquilan dioses para esclavizar así con ellos a sus semejantes.
Tampoco creo en los videntes ni en la magia simpática ni en zarandajas de ese tipo. No creo, en definitiva, en el pensamiento mágico. En lo que sí creo es en el talento.
Por ejemplo, en el talento inmenso de Lucia Berlin y en estos relatos de "Una noche en el paraíso" que estoy leyendo ahora mismo. Después de haber leído su "Manual para mujeres de la limpieza" me dije: ¡quiero más!
Y como soy de género fluido, literariamente hablando, tras trasegar un ensayo sobre pop y rock y una recopilación de artículos periodísticos de Emmanuel Carrère... pues ahora le toca el turno a los cuentos de Lucia Berlin.
¡Qué grande eres, Lucia Berlin!
Todavía hay quien prefiere creer en el talento.
El talento.
El puto talento.
Algo tangible.